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El Hoyito.
Era una noche como la mayoría, nada parecía especial. Empezaba a obscurecer y ya estábamos todos en casa. No se sentía frío ni calor. La hija mayor preparaba el día siguiente y ordenaba lo que no estaba en su lugar. La televisión como casi siempre a esa hora, encendida pero nadie la estaba viendo. En la cocina se escuchaba que alguien comía y seguramente lo hacía de pie, algo muy típico de los días domingo por la noche. La puerta del baño del segundo piso cerrada, la luz asomándose por las rendijas y un suave grito de la mamá mientras revisaba la mochila del menor de los hijos. ¡Apúrese! Gregorito, ya es tarde. De verdad nada parecía especial, pero tal vez todo era especial y no nos dábamos cuenta.
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